Revolucion rusa (resumen)

REVOLUCIÓN RUSA

EL REFORM1SMO Y SUS ALCANCES

La transformaciones encara­das por Pedro el Grande a principios del siglo XV11I permitieron forjar un “Estado militar y burocrático” razonablemente efectivo, en condiciones de aprove­char las posibilidades del país más extenso y poblado de Europa. El expansionismo ruso fue objeto de la máxima atención de los principales países del continente.

Esta presencia política y militar ocultaba la obsolecencia de un régimen despótico y los rasgos definidamente feudales de una estructura socioeconómica caracterizada por la subsistencia dominante de la servidumbre en un mundo campe­ sino donde el control sobre la tierra era monopolizado por el Estado y por la nobleza. Queda definido un escenario dominado por el atraso y el inmovilismo en una época en la que los poderes tradicionales eran cuestionados y en la que las bases sobre las que se asentaba “la riqueza de las naciones” se estaba modificando.

Las reformas “desde arriba” se pusieron en marcha como consecuencia de una circunstancia externa: la derrota militar experimentada frente a las potencias occidentales en la guerra de Crimea (1854-1856). Allí quedó demostrado en forma inequívoca que Rusia estaba perdiendo el rango de gran potencia incapaz de orientar su rumbo hacia la modernización que en esos años se estaba producien­do en occidente.

Adopción de una política reformista, si bien profundamente conservadora, que se inició en la década del 60 durante el reinado de Alejandro II (1855-1881).

El primer paso fue el manifiesto de emancipación de los siervos, dado a conocer a principios de 1861. Los siervos domésticos fueron libe­rados sin indemnización para sus amos y los demás recuperaban su libertad personal, pudiendo aspirar a “adquirir una porción de tierra a cambio de un pago (“canon de redención”) efectuado al Estado en 49 anualidades.

La liberación jurídica del campesino no implicaba su libertad para abandonar la tierra; debía permanecer encuadrado dentro de la estructura comunal aldeana (mír) que asumía la responsabilidad frente al Estado de satisfacer los pagos de reden­ción establecidos. Esta restricción frenó la posibilidad de un trasvasamiento de mano de obra hacia los núcleos urbanos, aunque no impidió el surgimiento de un proceso de diferenciación social dentro de la aldea, el cual condujo al fortalecimiento de un sector acomodado, propietario de las mayores extensiones de tierra.

La reforma no se articulaba con expectativas de industrialización; al dificultar al máximo la movilidad de los campesinos se bloquea­ban las posibilidades de disponer de una oferta abun­dante de mano de obra para la industria en desarrollo; el explosivo crecimiento demográfico experimentado por Rusia en la segunda mitad del siglo XIX hizo de las parcelas originales una unidad productiva inviable, de irrisorio valor econó­mico, sometida a métodos de cultivo primitivos como consecuencia de la ausencia de capital.

Tres años después de la liberación de los campe­sinos se crearon los zemstvos, un sistema de consejos provinciales de distrito que concedía un ámbito de autogobierno a los ciudada­nos. En ellos estaban representados los nobles, la población urbana y los campesinos, y si bien los primeros ejercían la dirección, las posibilidades de participación del resto de la sociedad eran obviamente mayores que la nula que aseguraba la autocracia tradicional. Allí encontraron un campo de actividad práctica tanto los núcleos liberales de la nobleza cómo sectores de la intelectualidad embarcados en un proyecto modernizador que aspiraba a lomar distancia respec­to del absolutismo, apoyando una salida constitucional sin optar por la alternativa revolucionaria. El zemstvo constituyó un refugio para secto­res de la oposición, y el organismo clave para producir materiales que permitiesen avanzaren el conocimiento de la realidad rusa. También en 1864 el gobierno decidió elaborar un nuevo sistema jurídico, se produjo la introducción del juicio por jurados.  Los campesinos estaban privados de esas normas y eran juzgados por tribunales especiales en lo que se seguía aplicando el derecho consuetudinario.

En 1874 se introdujo el servicio militar obligatorio, que puso fin a las levas forzosas. Contribuyó sin duda alguna a la integración del campesinado en la sociedad civil en formación.

La alfabetización de los reclutas constituía la base inevitable para cualquier proceso de modernización.

 

El proceso de industrialización

En la activa intervención del Estado impulsando la industrialización tuvo que ver otro factor de índole política: el Congreso de Berlín de 1878 al arrebatarle a Rusia gran parte de las ventajas que había obtenido en la guerra contra Turquía, volvió a poner de relieve la debilidad de la nación frente a la presión-de países desarrollados como Alemania e Inglaterra.

La gestión de esos años está asociada al nombre de uno de los ministros de Finan­zas de la época. Serguei Julevic Witte, quien ejerció estas funciones entre 1892 y 1903.

La idea central consistía en el lómenlo a la indus­tria pesada, financiada con la aportación de capitales y medios técnicos provenientes del exterior, destinada a abastecer la demanda estatal, a favor de una conve­niente protección oficial. El ferrocarril fue entonces el objetivo máximo, y la importación de avanzada tec­nología extranjera aplicada resultó un elemento sustitutivo del factor trabajo, generalmente insuficiente en cantidad y ca­lidad.

Las consecuencias estrictamente económicas de la política adoptada no fueron todo lo favorables que se había pensado debido a las fluctuaciones de los precios de los cereales en el mercado intencional, originadas en la competencia de nuevas regiones productoras. Las consecuencias sociales fueron muy serias para el campesinado: muchos propietarios, incluso de vastas extensiones de tierra, se vieron forzados a vender, incapaces de resistir la doble presión de precios poco remunerati­vos e impuestos en aumento.

La modernización del equipamiento industrial entrañaba enormes riesgos para la estabilidad y su­pervivencia del sistema tradicional. Se daba entonces la paradoja de una serie de reformas pensadas y puestas en práctica desde el poder, entre otros objetivos, para consolidar a las antiguas clases do­minantes, muchas de cuyas consecuencias termina­ron por afectar el proceso reformista, socavando a la vez las bases que tradicionalmente sostenían a los detentadores del poder.

LA SOCIEDAD EN MOVIMIENTO

Hacia fines del siglo XIX el imperio se convirtió, más que nunca en una parte de la civilización europea, al tiempo que comenzó a ocupar un puesto dentro del sistema económico mundial, dominado por la difusión de la revolución industrial.

Se puede sintetizar el proceso puesto en marcha:

1-     La estructura social en el campo se diversificó, lento surgimiento de un campesinado medio que acumulaba tierras y contrataba mano de obra asalariada. Los grupos  liberales, aspiraban a completar la reforma con el aumento de la cantidad de tierras en condiciones de ser repartidas y los socialistas revolucionarios eran partidarios de una expropiación masiva de los terratenientes, se disputaban  el apoyo de las masas.

2-     La concentración característica del proceso de industrialización rusa facilitó la organización política de la nueva clase social, preparándola para enfrentarse a una situación política de la nueva clase social, preparándola para enfrentarse a una situación en la que el abuso de los sectores patronales fue la norma. Surge así un movimiento reivindicativo.

3-     Mayor parte de las empresas estaba en manos extranjeras lo que hacía que la burguesía industrial nativa fuera extremadamente débil. A principios del siglo XX existían grupos liberales que lideraban el accionar político de la época, apuntaban hacia el reemplazo de la autocracia por un régimen constitucional.

4-     La intelligentsia rusa no se limitaba a los militantes liberales sino que tenía también una activa parti­cipación en las corrientes revolucionarias, inclu­yendo asimismo la presencia de los estudiantes universitarios, un sector particularmente activo y hostil al régimen.

El movimiento revolucionario moderno en Rusia se inicia con el alzamiento de diciembre de 1825. El alzamiento fue sofocado con rapidez y dio el pretexto para el establecimiento de un reinado, el de Nicolás I (1825-1855), fuertemente represivo y despótico.

Se llegó a sostener que el futuro real del socialismo se encontraba en Rusia, un país donde el capitalismo era débil y existía una tradición asentada de prácticas colectivistas en el campo. Esta visión populista (narodniqui) de transición directa al socialismo tuvo gran recepción entre sectores de izquierda hasta 1917.

Las posiciones más radicales fueron las sustentadas por el creador del movimiento anarquista. Miguel Bakunin (1814-1876). El accionar de los anarquistas se concretó en una serie de atentados, el más importante de los cuales fue el asesinato del zar Alejandro  II en 1881.

Rusia, en beneficio del populismo  y en menor medida de los grupos marxistas. Los primeros tenían hondas raíces en el pensamiento ruso, los segundos buscaron aclimatar en las tierras del primero las concepciones del autor de El capital. Fun­dado durante el congreso de Minsk (1898), el Partido Obrero Social-Demócrata de Rusia vigorizó su posición a partir del accionar y la obra de Lenin (1870-1924), líder revolucionario que procedió a elaborar una determinada perspectiva del marxismo.

El Partido Social-Demócrata se debatió en un anonimato casi total, circunstancia que no impidió el surgimiento de importantes disidencias en su seno. En 1903 dividió al partido entre bolcheviques (“mayoría”, en ruso) y mencheviques (“minoría”). El eje del enfrentamiento estaba en el papel atribuido al partido revolucionario en el proceso que conduciría al triunfo del socialismo: para Lenin y los bolcheviques debía estar conformado por un núcleo reducido de militantes entrenados, para los mencheviques el partido debía ser una organización ampliamente abierta a las adhe­siones, donde se respetasen principios democráticos.

Los años inmediatamente anteriores a 1905 fueron testigos de un incremento de la agitación. En este escenario, caracterizado por la presencia de múltiples focos de conflicto, se desencadenó, tam­bién, en 1904 la guerra; con Japón, originada en una disputa en la región asiática de Manchuria.

Los sucesos revolucionarios se iniciaron en San Petersburgo el “domingo sangriento”, 9 de enero de 1905, cuando una manifestación que aspiraba a presentar una petición al zar fue ametrallada indiscriminadamente por la policía. La represión masiva contribuyó a unir a los oposito­res: la barbarie gubernamental ayudó, además, a que muchos moderados se distanciaran del régimen.

Sobrevino entonces una oleada de huelgas en las que los reclamos políticos ocuparon un lugar pre­ponderante. Activaron la protesta campesina. Se produjeron también sublevaciones en las fuerzas armadas.

En esos primeros meses de 1905 se verificó espontáneamente una coincidencia de ele­mentos de todas las clases sociales en contra de la autocracia.

El incremento del movimiento huelguístico y la derrota final en la guerra con Japón llevó al gobierno a negociar. El llamado “Manifiesto Bulyguin” (nombre del ministro del interior) planteaba sólo la posibilidad de la convocatoria de una asamblea (Duma), formada por representantes de los estamentos, elegidos por medio de voto censitario.

La reacción negativa de las masas obreras y campesinas profun­dizando su actitud opositora condujo a una agudización de los enfrentamientos, antesala de una segunda crisis revolucionaria.

El vacío de poder producido en esos momentos permitió el surgimiento de una institución que terminó erigiéndose en modelo estructural para todo tipo de acción revolucionaria: el soviet.

Ante la dimensión-de los problemas y las demos­traciones, ele fuerza de la oposición el zar decidió ceder. Para ello llamó nuevamente al gobierno a Witte que puso en marcha una estrategia de conciliación cuyo eje fue el manifiesto de octubre, una promesa de reforma política que incluía la convocatoria a una Duma en la que se admitiría la participación de “las clases sociales que hasta ahora han estado completamente privadas de derechos electorales, extendiéndose el principió del sufragio universal a la nueva legislatura”.

La publicación del manifiesto sirvió para dividir a los grupos liberales pero además contribuyó al aislamiento de los soviets.

El gobierno pudo, tras la firma del tratado de paz con Japón, contar con las tropas necesarias para organizar la represión. A principios de enero de 1906 la calma reinaba en todo el país: la experiencia revolucionaria de los soviets parecía sólo un mal recuerdo.

El nuevo intento reformista y su fracaso

Witte se sintió en condiciones de aco­tar los alcances de las promesas del manifiesto de octubre. Los liberales, sin el apoyo de las masas, no constituían un peligro para el régimen. Sucesivamente se fueron impo­niendo limitaciones al proceso de liberalización. La monarquía disponía prácticamente de un derecho de veto en el interior mismo del parla­mento. La autocracia conservaba las manos libres en todo lo referente al terreno militar y al manejo de los asuntos extranjeros.

Para Nicolás II las me­didas de Witte eran una concesión intolerable, que lo obligaron a violar su juramento de mantener la autocracia hasta la muerte. Le retiró la confianza al ministro (abril de 1906). El partido kadete convertido en la fuerza opositora de mayor enjundia dentro de la llamada “primera Duma”, fracasó totalmente en su intento de avanzar hacia una asamblea constituyente.

El zar negociaba sólo cuando la situación se lomaba incontrolable en la calle y en los campos. Disolución de esta primera Duma en julio de 1906.

Ocupó el cargo de primer ministro Peter Stolypin protagonista, de un nuevo intento de reforma conservadora. La segunda Duma, en la que duro sólo cuatro meses (febrero-junio de 1907) antes de ser disuelta. Con un parlamento a medida, la tercera Duma, el ministro puso en marcha su política, que tuvo dos vertientes de muy desigual trascendencia.

En el terreno agrario, se dieron por cumplidos los pagos de redención y se autorizó a los campesinos a abandonar la comunidad agrícola, aunque conservan­do la porción de tierra que estaban trabajando. Se crearon las condiciones para la potenciación de una clase inedia propietaria (kulaks) activa, ambiciosa y sensible a los desafíos planteados por el mercado.

En el ámbito laboral, el primer ministro intentó modernizar una legislación laboral arcaica, siguiendo las grandes directrices del canciller alemán Bismarck.

Mientras que los cambios producidos en el campo empezaron a dar dividendos, frenados primero por la desaparición de Slolypin de la escena política —fue asesinado en 1911— y luego por el desbarajuste desencadenado por el estallido de la guerra en 1914, la política social tropezó con la falta de cumplimiento por parle de los patrones) con la desconfianza de los sectores obreros.

Los planes reformistas tampoco eran coherentes. Stolypin se mostró dispuesto a violar el limitado compromiso político constitucional cuando las instituciones obstruían sus proyectos. Nicolás II y su corte aceptaban este limitado reformismo a disgusto, con­vencidos como estaban que constituía una conce­sión inevitable. Se estaba preparando el relevo de Slolypin, que era una personalidad capaz de forzar al zar a tomar determinadas decisiones, cuando se produjo su asesinato.

La economía experimentó una nueva coyuntura de mejoría, que tuvo su manifestación más, significativa en el terreno industrial.

Hacia 1912 año en que se reúne una nueva Duma, la cuarta, vuelven las manifestaciones de intran­quilidad social, bajo la forma de un incremento del movimiento huelguístico.

El Impacto de la guerra

Pese a su derrota frente a los japoneses, el imperio ruso mantenía una presencia significativa en la polí­tica internacional. En los años anteriores de una alianza con Francia e Inglaterra —la entente— y el enfrentamiento con el imperio austro-húngaro en la región de los Balcanes, hacían imprescindible una rápida definición del gobierno, ante la crisis de Sarajevo que culminó con el estallido de la guerra en agosto de 1914.

Sin embargo, 3a decisión del zar estuvo regida por  la idea de la “unidad patriótica”. El  gobierno fue coherente con su historia reciente: se preparó insuficientemente para la guerra y además frenó toda iniciativa salida de los círculos no oficiales desconfiaba por principio de la movilización de las fuerzas sociales aunque éstas lo hicieron en apoyo de objetivos busca­dos por el poder.

Ya en agosto de 1914 la catastrófica derrota de Tannenberg frente a los alemanes demostró que la carencia de material moderno colocaba al imperio en situación de inferioridad.

El zar adoptó una estrategia de enorme incidencia en el futuro del país: se utilizó la contienda como excusa para dar un golpe de estado contra el vapuleado régimen constitucional instaurado luego de los sucesos de 1905. El avance del poder autocrático se completó con la decisión de Nicolás II de asumir el mando su­premo de las fuerzas armadas. Ataba la suerte de la monarquía a los resultados en el campo de batalla.

La gravedad de la crisis desencadenada por al guerra activó la protesta de los sectores postergados. Las dificultados experimentadas por la industria, obligada a volcarse a satisfacer las necesidades mili­tares, hizo desaparecer del mercado los bienes de consumo. Los campesinos opta­ron por producir y vender cada vez menos. El problema más acuciante pasó a ser el del aprovisionamiento de la población civil.

 

LA DOBLE REVOLUCIÓN

LOS ACONTECIMIENTOS DE FEBRERO

El movimiento espontáneo de las masas, seguido sin mucha convicción por los partidos revolucionarios, adquirió mayor envergadura en los dos días siguien­tes, arrastrando al conjunto de la clase obrera y a sectores tradicionalmente contestatarios como el de los estudiantes.

El ametrallamiento a que fue sometida la multitud el día 26 con un saldo de más de ciento cincuenta muertos tuvo un efecto decisivo se produjo la sublevación de la cuarta compañía del ejército imperial.

La sublevación militar se generalizó: los soldados encarcelaron a sus oficiales y se lanzaron a la calle confraternizando con los mani­festantes que encontraban. El éxito de la insu­rrección quedó asegurado.

La presión de las masas en la calle, incapaz el gobierno de organizar una resistencia eficaz, trasladó el centro del accionar político al edificio del Palacio de Táurida, sede de la Duma. Allí los diputados trataron de encauzar la situación creando un comité integrado por hombres de todos los partidos políticos repre­sentados en el parlamento (sin los bolcheviques, que habían sido encarcelados en 1914), con el objetivo de ‘”restablecer el orden y las relaciones con las instituciones y las personas”.

En otra dependencia del mismo edificio, casi al mismo tiempo, se creó el Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado, resurrección del organismo que había desempeñado un papel tan destacado en los sucesos de 1905.

El nuevo gobierno pidió y obtuvo la abdicación de Nicolás II y en tanto su hermano el gran duque Miguel se negó a sucederle, el 3 de marzo la milenaria Rusia dé los zares se convirtió en una república.

EL FRACASO DE I-A REPÚBLICA DEMOCRÁTICA

El gabinete encabezado por Lvov adoptó una actitud de extrema moderación, llamando a una tregua social y política hasta el final de la contienda. Los liberales creían que la existencia de una Rusia democrática era suficiente para entusiasmar a los soldados. Con el rechazo de las tropas alemanas se contribuiría a asegurar la victoria aliada, consiguiendo así una paz que reforza­ría la posición nacional de Rusia.

Esta estrategia fracasó, barrida por el accionar de las masas impacientes, que veían en ella una continuidad del antiguo régimen. Los campesinos comenzaron a confiscar las tierras de los grandes propietarios, en cuanto éstos oponían resistencia a la ocupación de los terrenos no cultivados. Una sucesión de huelgas fueron la manifestación más visible del descontento.

Así coexistían el gobierno provisional, sucesor legal del zarismo, reconocido como tal por las potencias extranjeras, y el revolucionario Soviet de Diputados Obreros y Soldados, en una relación que oscilaba entre la rivalidad y la cooperación. El ejemplo de Petrogrado fue imitado en todo el país.

El gobierno provisional estaba compuesto princi­palmente por kadetes y octubristas quienes expre­saban los intereses y expectativas de las clases burguesas, ansiosas de consolidar un sistema democrático a la usanza occidental. A la derecha de estos partidos se agrupaban los defensores del zarismo. En los soviets participaron, salvo algunas raras excepciones, los partidos políticos de izquierda.

El Partido Social-Demócrata, de filiación marxista, mantenía su división entre bolcheviques y men­cheviques.

Los mencheviques fueron quienes más se beneficiaron con la revolución de febrero. Su visión del  futuro de Rusia era coherente: estabilización de un régimen burgués que subsistiría con el apoyo crítico de la oposición marxista hasta que el capitalismo agotara sus potencialidades y quedase el camino abierto para la revolución socialista. Los bolcheviques enfrentaron la situación revolucionaria en una posición difícil.

Los más importantes rivales de los mencheviques eran en primera instancia los social-revolucionarios. Se trataba del partido tradicional de la revolución campesina. A principios de 1917 la posición social-revolucionaria estaba fuertemente in­fluida por los mencheviques.

Al partido trudovique (laborista), “cruce anémico del li­beralismo con los narodniqui, al cual perteneció Alexander Kerensky. Su intento de’ conciliar la tradición populista con la modernización política al estilo occidental, a lo que agregó en 1914 el apoyo a la guerra en nombre de la defensa de la patria. Llegó a ser el segundo partido en importancia en la primera Duma (1909). A lo largo del proceso revolucionario su papel fue casi nulo, producto lógico de la ambigüedad de sus propuestas.

En los límites del abanico político se situaban los anarquistas.

Durante abril se produjeron dos acontecimientos de enorme magnitud para el futuro el fracaso de los proyectos liberales, y la llegada a Petrogrado, proveniente del extranjero, de Lenin seguida de la formulación de una nueva estrategia para el partido bolchevique, las llamadas ‘Tesis de abril”.

Pavel Miliukov, ministro-de Asuntos Exteriores del gobierno provi­sional, y el más lúcido de los políticos del partido kadete. La prosecución de las hostilidades daría margen a la burguesía para conso­lidar sus vínculos con las potencias occidentales, le permitiría a las autoridades militares transferir a los soldados indisciplinados al frente, y hasta podría dar satisfacción a las tradicionales ambiciones expan­sionistas de las clases dominantes y del ejército.

La indignación de las masas se expresó bajo la forma de una serie de manifestaciones iniciadas el 20 de abril, que obligó aún a los dirigentes más conciliadores de los soviets a presionar sobre el gobierno para revertir la política instrumentada por Miliukov. Éste se vio obligado a dimitir y la crisis se resolvió con la constitución de un nuevo gobierno en el que la parti­cipación socialista se amplió de uno a seis ministros.

El reajuste se proponía, aparentemente, aumentar el poder y el prestigio del soviet, reforzando su control sobre el gobierno. Los resultados fueron muy diferentes.

La tarde del 3 de abril, se produjo el arribo desde Finlan­dia a la estación ferroviaria de Petrogrado, proveniente de Suiza, de Lenin, el principal dirigente bolchevique. El futuro líder de la revolución procedió a exponer  en dos reuniones, una de bolcheviques y otra conjunta de bolcheviques y mencheviques, sus con­cepciones respecto de la situación futura y a la estrategia del proletariado para el futuro inmediato. La clave de ellas, que fueron expuestas bajo la forma de tesis.

Rechazo al gobierno provisional y la certeza respecto de que los soviets eran la única forma posible de gobierno revolucionario. En tanto los bolcheviques constituían una minoría dentro de los soviets, la principal tarea del partido era profundizar en el trabajo de educación de las masas, mostrándoles los errores de la dirección en quienes ellas confiaban.

La nueva orientación impuesta por Lenin al partido no generó ninguna acción revolucionaria inmediata, pero dio forma concreta al esquema bolchevique de revolución. La idea men­chevique de colaboración entre el gobierno y los soviets era inviable; no puede haber dos poderes en el Estado, o los soviets derribaban al gobierno pro­visional, o éste pro­cedería a aniquilarlos.

El congreso aprobó una resolución por la cual se sostenía que “la revolución rusa es sólo la primera etapa de la primera de las revoluciones pro­letarias que inevitablemente surgirán como conse­cuencia de la guerra.

La formación del segundo gobierno provisional no fue suficiente para estabilizar la situación política. El tema de la guerra se interpuso para radicalizar las posiciones y agitar el panorama interno. Para salvar a la revolución rusa del imperialismo alemán y para conservar la credibilidad entre los aliados a los efectos de hacerles aceptar una paz negociada, sin anexiones ni indemnizaciones, era preciso ganar la guerra.

El gobierno se dedicó con todo afán a preparar una ofensiva que se consideraba crucial. Comandado por el general Brussilov, el intento terminó en un desastre.

El Congreso de Campesinos de Toda Rusia, dominado por los social-revolucionarios en su vertiente más moderada, decidió apoyar firmemente al gobierno provisional pero aprobó una resolución en la que se sostenía que “todas las tierras pasarán a ser de dominio público, sin indemnización, para ser explotadas y trabajadas de modo igualitario por los trabajadores”.

Durante el mes de junio se reunió el Primer Congreso de Soviets de Rusia; de los 822 delegados con derecho a voto.

El congreso aprobó un voto de confianza al gobierno provisional, rechazando una moción bolchevique que pedía “el paso de todo el poder del Estado al Soviet de Diputados Obreros. Soldados y Campesinos de Toda Rusia”.

El Comité Central de los Soviets, que funcionaría en forma permanente y cuyas decisiones habrían de ser obligatorias para todos los soviets en los intervalos entre los congresos.

El agravamiento de la situación económica, suma­da al descontento de las masas frente a la actitud del gobierno provisional de reiniciar las operaciones mi­litares, dio lugar en los primeros días de julio al estallido en Petrogrado de una violenta rebelión popu­lar, anárquica y desenfrenada. Los dirigentes bolcheviques, encabezados por Lenin y Trotsky trataron de con­trolar el accionar de las masas, dado que considera­ban que la situación no estaba madura para la toma del poder, pero la mayor parte de la opinión pública interpretó los acontecimientos como un intento revo­lucionario del partido que por boca de su líder, había declarado la guerra al gobierno.

La multitud agotada fue dispersada con ayuda del ejército, dejando el camino libre para que se pudiese castigar a los responsables. El gobierno dio a conocer un informe en el que se afirmaba que el partido bolchevique recibía dinero del gobierno alemán, y hasta se hablaba de pruebas respectó de una coordinación de la insu­rrección de Petrogrado con una contraofensiva de las tropas del káiser en el frente sudoeste. En el momento sirvió para terminar de crear un ambiente adverso a los bolcheviques, justificando la decisión gubernamental de suspenderla publicación de Pravelay de emitir orden de arresto contra Lenin, Zinoviev y Kamenev, los tres  principales dirigentes del partido.

Evidentemente, la coyuntura parecía favorable a una reacción desde la derecha. El problema de las nacionalidades en Rusia y su evolución durante 1917.

Constituido el imperio ruso como un Estado plurinacional en el que la nacionalidad dominante no llegaba a representar el 50% de la población, los sucesivos gobiernos provisionales instalados en Petrogrado a partir de la revolución de febrero debieron enfrentar los reclamos provenientes de las diferentes comunidades no rusas.

Como mínimo, esas nacionalidades pedían la concesión inmediata de algunas atribuciones de autonomía. De febrero a octubre se asistió a una extensión notable del movimiento de las nacionalidades.

Frente al problema, la actitud del gobierno fue dilatoria: entendían que también en este caso la solución pasaba por la asamblea constituyente —en la que sin duda los rusos tendrían la mayoría—, siendo ellos los encargados de decidir cuándo se reuniría y cómo serian elegidos sus miembros. El 8 de julio se produjo una nueva crisis en el gobierno provisional, con el resultado de la elevación de Kerensky al puesto de jefe de gobierno y el incrementó, por lo menos nominal, del poder de los socialistas moderados.

Habiendo procedido a reprimir a la izquierda. Kerensky se encontró con el desafío de la derecha encamado en la figura del general Kornilov. Con independencia de su capacidad personal, Kornilov se constituía en la manifestación visible de un proyecto que anticipaba algunos de los rasgos del fascismo de la posguerra. Seguro de su éxito, el general comenzó a comportarse como un hombre providencial: puso en forma progresiva distancia respecto de Kerensky, al que despreciaba y finalmente el 24 de agosto le declaró abiertamente la guerra al gobierno provisional. La intentona de Kornilov fracasó: sus tropas de­sertaron sin disparar un tiro. Kerensky en manera alguna pudo capitalizar este éxito, que tuvo nuevamente como protagonistas a las masas y a los bolcheviques, que reaparecieron en la escena política con fuerza renovada. El peligro de la contra -revolución hizo ver a muchos militantes de base la necesidad de un cambio rotundo.

Antes de Kornilov todo era posible: des­pués de la intentona, nada lo era ya.

La elección del 23 de setiembre de Trotsky al cargo de presidente del soviet de Petrogrado era un signo de hasta qué punto se había modificado el rumbo de los acontecimientos.

LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE

Lenin percibió que las condiciones para el pasaje a la segunda etapa de la revolución estaban madurando en forma acelerada.

La situación se inclinaba en todos los escenarios en favor de los bolcheviques. No se trataba, ciertamente, de un apoyo explícito mayoritario  pero sí del surgimiento de un clima en el que sus consignas tenían cada vez mayor repercusión.

El principal dirigente bolchevique comenzara a pensar en conquistar el poder por medio de una insurrección.

Finalmente, el 9 de octubre Lenin llegó disfrazado a Petrogrado y al día siguiente logró, tras arduo debate, que el comité aprobase su proyecto de orga­nización de un alzamiento a corto plazo, bajo la responsabilidad exclusiva del partido.

Sin embargo, no había unanimidad. En los días siguientes, los opositores a la postura de Lenin, Kamenev y Zinoviev, expresaron su protesta, primero ante las principales organizaciones bolcheviques, y luego en una carta publicada en un periódico de izquierda.

Fue justamente el soviet presidido por Trotsky desde donde se dieron los pasos decisivos para el triunfo de la insurrección. En la noche del 24 al 25 los bolcheviques entraron en actividad. Los puntos principales de la ciudad fueron ocupados por los guardias rojos. Los miembros del gobierno cayeron prisioneros o huyeron. Se trató de una ope­ración planeada con esmero, que aprovechó una coyuntura política por demás favorable. El mismo 25 el Comité Militar Revolucionario pu­blicaba un boletín anunciando la victoria. Dueños ab­solutos del congreso, los triunfadores proclamaron el traspaso de todo el poder a lo largo y ancho de Rusia a los soviets de diputados obreros, soldados y campe­sinos.

Al día siguiente, en su segunda y última reunión, el congreso trató los temas de la paz, los repartos de tierra y la formación de un gobierno.

La esencia de la misma era la abolición de la propiedad territorial de los nobles, sin ninguna in­demnización, y la entrega de las tierras expropiadas a los comités agrarios y soviets de campesinos, a la espera de la reunión de la asamblea constituyente.

Se creaba un cuerpo colegiado encargado de ejercer el poder con el nombre de Soviet de los Comisarios del Pueblo.

Con estas decisiones importantísimas, quedó es­tablecida la dictadura del proletariado.

CONCLUSIONES

1)      El trabajoso proceso de modernización puesto en marcha por el zarismo en las últimas décadas del siglo XIX condujo, en vísperas del estallido de la guerra en 1914, a una situación de crisis, producto del desfasaje entre los avances logrados en el terreno económico y la subsistencia de la mayor parte de las estructuras políticas del antiguo régi­men.

2)      La intervención de Rusia en la gran guerra fue la causa fundamental de la caída del zarismo.

3)      La revolución de febrero fue un movimiento espontáneo, originado en la reacción de las masas de
San Petersburgo frente a las penurias que ocasionaban  la guerra.

4)      Las causas del fracaso de la revolución de febrero y de la “izquierdización casi ininterrumpida” de la situación hasta llegar a octubre son muy comple­jas, producto de un proceso que si bien con el telón de fondo de una gran inquietud social, fue funda­mentalmente político. La guerra y la dualidad de poder entre gobierno y soviet. La decisión de los sucesivos gobiernos de mantener a Rusia dentro de la guerra contribuyó en gran medida a erosionar la legitimidad del régimen de febrero y a impedir la estabilización de una república democrática. La inicial preeminencia de los mencheviques en el soviet dejaba abierta la posibilidad de una solución no revolucionaria al proceso abierto en febrero. El peligro contrarrevolucionario, encarnado en el golpe de Kornilov creó un vacío de poder a partir de agosto, que condujo a un cambio radical en la situación política de los bolcheviques; 5) La revolución que llevó al poder a Lenin ya los bolcheviques no fue una revolución de obreros y campesinos, fue un golpe de Estado protagonizado por una minoría que aprovecharon tanto la descomposición del poder central como la ruptura de la disciplina en el ejército.

Deja un comentario